Por Manuel Ajenjo. "Falta ultimar detalles para que el gravamen entre en operación a partir de la próxima miscelánea fiscal, parece ser que los técnicos no se pueden poner de acuerdo si sólo los sueños agradables serían objeto de la carga impositiva o ésta se haría extensiva a las pesadillas".
Sería positivo para la salud mental de la República que aquel ciudadano que se sienta ofendido, vilipendiado o engañado por el aparato burocrático político tuviera la oportunidad de manifestárselo personalmente al Jefe del Ejecutivo.
Inspirados por la valiente actitud de la señora juarense Luz María Dávila, en la columna del pasado martes, lanzamos la iniciativa de organizar una Gran Catarsis Nacional consistente en poner a los mexicanos y mexicanas, comunes y corrientes, frente a frente con el Presidente de la República para que lo confronten y le manifiesten su malestar y quejas por las malas prácticas políticas y de gobierno, y con ello lograr una necesaria tranquilidad espiritual en los querellantes.
El concepto de esta iniciativa no surgió por generación espontánea, tiene su origen en los estudios que el autor de este engendro ha hecho sobre el alma del mexicano, sus motivaciones, usos y costumbres. Estos estudios profundos –fueron hechos en el Metro, tramo Pantitlán-Observatorio- combinados con prácticas de campo de gran altura –varias veces he subido al Ajusco para observar la ciudad- me han permitido concluir que por un atavismo ancestral el subconsciente colectivo nacional considera al Presidente en turno -a pesar de que algunos de ellos no han sido buenos ni siquiera para sacar un perro de una milpa- como el Gran Padre protector y/o castigador que con su poder omnímodo está facultado para resolver con sabiduría cualquier problema.
Lo anterior me llevó a razonar que así como los psicólogos familiares basan sus terapias en el enfrentamiento de los miembros de una pareja o en el careo de un hijo con sus padres para que se digan sus netas y discrepancias, y con ello lograr la distensión en una relación conflictiva, de la misma forma sería muy sano para la salud mental del país la confrontación de los hijos –ciudadanos de a pie y políticos subalternos- con el Gran Padre Jefe Presidente.
Eso significa, si Pitágoras no era tecnócrata, que el Gran Padre Jefe Presidente tendría que entrevistarse, incluyendo domingos y días de fiesta, de aquí al 30 de noviembre del 2012 con 102, 214 hijos diariamente -aproximadamente, en la cifra no están considerados los que el día que les tocara su confrontación se reportaran enfermos-. Basta hacer una simple operación aritmética para saber que el día tiene 1,440 minutos, es decir 86,400 segundos.
Así pues, ni dedicando un segundo a cada quejoso el Presidente podría atender a todos los que desean confrontarlo. Por lo demás, la idea fue catalogada por los expertos de mi área de logística -según supe algunos de ellos con gusto asistirían a confrontarse con el Presidente para quejarse de sus bajos sueldos- como una excelente oferta a la que la abundante demanda detectada la convierte en utópica. Lástima, Margarito.
Soñar no cuesta nada
Hasta el momento de redactar lo que usted lee, soñar no cuesta nada. Y digo hasta este momento porque sé de muy buena fuente –la de la Diana- que la Secretaría de Hacienda está realizando un estudio para ver las posibilidades de cobrar un impuesto especial a los sueños. Falta ultimar detalles para que el gravamen entre en operación a partir de la próxima miscelánea fiscal, parece ser que los técnicos no se pueden poner de acuerdo si sólo los sueños agradables serían objeto de la carga impositiva o ésta se haría extensiva a las pesadillas.
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